Los miles del estadio, los millones en el mundo

Real Madrid, la Décima y el sueño de millones

No fue un derby más, no era Madrid y no era un juego de la Liga Española por lo que luchaban. La historia de ambos equipos estaba en la mesa y 200 millones de personas alrededor del mundo los verían, aunque sólo 60 mil estuvieran en Lisboa.

Viví un partido de equipos “extranjeros”, del Real Madrid, al que nunca he visto en vivo y al que por algunas cosas de la vida apoyo desde hace más de 10 años. Eran más como yo. Entrar, verlos a todos, entre “Merengues”, “Haters” y curiosos, no sabía cómo iba a resultar.

El partido comenzó sin opciones claras, había tiempo para chistes, palomitas, tuits y mantener los dedos cruzados como una cábala que rara vez funciona y que más bien se me hizo costumbre.

¿Cómo describir los nervios de un juego a miles de kilómetros y que poca empatía tiene con nuestra liga mexicana? No, estoy lejos de ser española, no ceceo ni digo “¡Hala Madrid!” Pero es ese color blanco el que nos une a millones en el mundo.

El gol de Godín sorprendió a la sala. Unos cuantos Colchoneros, otros tantos del Barcelona en espera de la derrota blanca y más decepción fue lo que inundó el lugar. Ella, Larisa, estaba al lado mío soltando mil improperios contra la pésima salida de Iker Casillas, que dejó a merced Rojiblanca el primer tanto. Ni la mano de Iker logró evitarlo. Ya ganaba el Atleti.

Godín silenció la mitad de Madrid y a muchos más al 36′.

Los minutos corrían, Real Madrid tenía el balón pero no las oportunidades. Yo mantenía los dedos cruzados y así comía, así bebía y así estaba haciendo lo posible porque el juego se alargara. Gareth Bale había desaprovechado un regalo, Cristiano estaba desaparecido y ella, Edith, nos miraba sin saber si decir algo o escuchar nuestros insultos a todo lo que estaba pasando.

Ese cabezazo de Sergio Ramos al 93′ lo gritamos como nunca. Nos levantamos, alzamos los brazos, armamos un escándalo que incluso llevó a que nos obligaran a volver a sentarnos para los tiempos extras. Ramos calmó las lágrimas que casi salían de los ojos de Benzema, y las nuestras.

El resto es historia. Mis manos tenían la misma posición y la confianza, a miles de kilómetros, seguía intacta. “¡Viene la Décima!”, pensábamos. Y Bale desquitó la millonada, y anotó la más difícil, y nos levantó de nuevo del asiento en los tiempos extras. Llegaba la décima y sí, desde lejos, desde un asiento, la vivíamos.

Marcelo y Cristiano sellaron el sueño. La última la había visto en una pequeña televisión en la casa en la que vivía de niña. Ahora fue diferente, pero la emoción era la misma. La Décima, la copa que Iker cargaba, que Ancelotti tocaba y con la que corrían, por fin había aparecido. Y nosotras presumimos la playera, en la calle, en todos lados. Porque no se necesita ser español para entender esto, para entendernos.

 

Ramos desató la furia e inició el camino a La Décima.
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