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Es muy común que en los clubes latinoamericanos, y en especial los mexicanos, no exista la cultura de proyectos estables y coherentes. Esto debido a que se prepondera el resultado inmediato a las formas, las cuales requieren de un proceso y evolución para ir consiguiendo el objetivo deseado. Tal y como sucede en Europa, donde los modos y proyectos son mucho más lógicos acorde con la idiosincrasia del club, así como de las metas deseadas. Creando contextos y ecosistemas que van a favor de la prospera evolución del equipo como un todo. Desde los juveniles hasta el primer equipo, y desde la parte administrativa hasta la gerencia deportiva.

América pasó mucho tiempo sumergido en proyectos fallidos, los cuales eran resultado de malas decisiones y gestiones anteriores, mismas que se enfocaban en resultados inmediatos y en conductos que no iban acorde con el ADN del club. Haciendo que una de las instituciones con más renombre e historia en el país azteca perdiera jerarquía, respeto y terreno, ante proyectos emergentes mucho más sanos, los cuales provenían principalmente del norte con Santos, Tigres o Monterrey.

Tras estar más de la mitad de la década pasada en el ostracismo de la élite futbolística nacional, pese a presentar cada año una fuerte inversión monetaria para conformar plantillas estelares que pudieran competir por todo; las cúpulas más altas del grupo que lo posee –Televisa-, decidió dar un cambio radical en el timón, apostando por elementos que entendieran el americanismo y el funcionamiento del futbol mexicano. Para esto salió el nombre de Ricardo Peláez, figura emblemática tanto en Chivas de Guadalajara como en el América –equipos antagónicos-, para asumir el rol de presidente deportivo del club.

Posteriormente, Peláez, optó por un director técnico ofensivo y enérgico, proveniente de la famosa escuela Lavolpiana –de Ricardo Lavolpe-, su nombre: Miguel Herrera, estratega que no había ganado nada hasta entonces, pero que había logrado conducir de gran forma proyectos deportivos, y armar equipos sólidos, agresivos y que gustarán tanto a la crítica como la afición. Ingredientes que hace mucho no había por Coápa, y eran más necesarios que nunca para volver a colocar al club donde su historia le exigía.

Con la unión de esta pareja, América comenzó a tomar decisiones coherentes, y quedaron de lado polémicas extra cancha que afectaban al club. Aspecto muy importante en la evolución del equipo de los últimos dos años. Esto fue logrado principalmente por la influencia de Ricardo Peláez, hombre franco, serio, directo, y que no hablaba de más, más que lo justo e indispensable. Características que se conjugaron y complementaron perfectamente con las de Miguel Herrera, un tipo explosivo, enérgico, muy pasional, extrovertido y siempre con una buena dosis de buen humor y gestos coloquiales.

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Este binomio expresaba y reflejaba la cara del América. Por un lado el presidente mostraba la parte medida, fría y hasta elitista del club; mientras que el director técnico representaba un color más terrenal, sentimental y anárquico del pueblo americanista. Juntos estos factores, más su claro concepto sobre qué querían hacer con el equipo, los llevó a encumbrar a la institución amarilla en la cima del futbol mexicano nuevamente. Denotando mejorías constantes en el proceso, al ir superando marcas y obstáculos que en semestres anteriores los habían frenado.

Herrera llegó con la firme idea de implementar su idea de juego, y pidió a los jugadores exactos para que se acomodaran a su sistema (3-5-2/3-4-3), y que éste tuviera éxito, mediante satisfacción de las características propias de sus elementos, así como la explosión de sus virtudes. Un ejemplo de ello fueron la llegada de laterales/carrileros como Paul Aguilar, Miguel Layún o Adrián Aldrete; o la contratación de un defensa central con jerarquía, experiencia y buen recorrido en largo como Francisco Javier el Maza Rodríguez para conformar la línea de tres centrales en defensa. Asimismo, los fichajes de interiores con movilidad y dinámica como Osvaldo Martínez y Luis Ángel Mendoza; sin olvidar la capitalización de talento de Rubens Sambueza, quien le permitía cambiar de esquema (3-4-3) pero sin dejar de lado su estilo e idea de juego, eran síntomas de la buena coordinación que había entre la directiva y el cuerpo técnico.

Ante estas exigencias, la directiva del club encabezada por Peláez, se dieron a la tarea de conseguirlos con la finalidad de formar un sistema y ambiente propenso para el éxito, mediante el apoyo total de un proyecto deportivo que satisfacía la identidad del club, y que estaba sustentado en decisiones coherentes, las cuales no sólo estaban edificadas para obtener resultados inmediatos, sino también trazadas a mediano y largo plazo. Un ejemplo de esto, fue la proyección que tuvieron los jugadores juveniles formados en la cantera del club como fue el caso de Diego Reyes –vendido al FC Porto por nueve millones de dólares-, la instalación de Raúl Jiménez en el once titular y en constantes llamados a la selección mayor, así como la aparición contundente de Hugo González cuando fue requerido en la portería. Todos ellos lanzados al ruedo en un contexto favorable para su optimo desarrollo como futbolistas, y posteriormente en piezas importantes del primer equipo.

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Gracias a esto, ambos se volvieron el dúo de moda. Ambos mostraban cooperación, coordinación y una gran relación tanto laboral como personal. Se apoyaban mutuamente y llegan a acuerdos consensados, donde se veía que los dos habían influido de manera importante. Esto se vio tanto en castigos a jugadores, manejo de situaciones extra-cancha o a la prensa, y en decisiones deportivas.

Esta relación tan positiva, logró encapsular al colectivo americanista. Provocando que el equipo no sólo mantuviera buenas notas en lo futbolístico, sino también en lo personal. Y es que el club evidenciaba buen ambiente. Con altos signos de compañerismo que redituaban en ser un grupo compacto, con nulas fracturas, y dejando en claro que la identidad tan fuerte que había marcado a la institución históricamente estaba de vuelta.

Tal fue la simbiosis que estos dos personajes forjaron, que la Federación Mexicana de Futbol, decidió instalar a ambos como cabecillas de la selección nacional, ante el estado de emergencia que el combinado azteca vivía. Ricardo Peláez llego igualmente como presidente deportivo, mientras que Miguel Herrera como director técnico. Todo con la misión de clasificar al Tri al próximo mundial, tarea ejecutaron con éxito.

Los dos últimos años en Coápa han sido los más estables, sanos y productivos del americanismo en  los últimos tiempos. Desde la conformación de esta pareja, América mantuvo un rendimiento regular, el cual fue menos a más. Clasificando a cuatro liguillas consecutivas, de las cuales salieron dos semifinales y las dos últimas finales, alcanzando el titulo en el Clausura 2013. Además, en este mismo periodo de tiempo, las Águilas fueron el equipo que más puntos sumo de toda la liga: 132 de 68. Mientras que su ofensiva fue la más productiva anotando 119 goles, y su defensiva la menos goleada concediendo tan sólo 60 tantos.

Números y escenarios que sólo ven plasmado la gran administración que ha habido en el club. Teniendo como piedra angular a Ricardo Peláez y Miguel Herrera, pareja que hoy llega a su fin por el compromiso que el Piojo tiene con la selección mexicana de cara a Brasil 2014. Situación que le abre las puertas a Antonio Mohamed, otro director técnico con gestos y detalles muy parecidos a los de su antecesor, al cual buscará superar o al menos emular, teniendo que formar un dúo sano y victorioso con el ya conocido presidente, pero nunca sin olvidar el ejemplo del binomio del éxito: Peláez-Herrera.

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